Reflexiones semanales del padre Lajo

 Sunday, May 28, 2017
Séptimo Domingo de Pascua, Ciclo A
El secreto de la vida

Hechos 1:12‑14: Los Apóstoles, junto con María, la Madre de Jesús, y otras mujeres, bajaron del monte de los Olivos después de haber contemplado a Jesús subir al cielo, y se dedicaron a la oración en común. Allí juntos, esperarían la venida del Espíritu Santo.

I Pedro 4:13‑16: Quien sufre por el Evangelio, ha de hacerlo con alegría porque está compartiendo los mismos sufrimientos de Cristo. El Espíritu Santo reposa sobre cada uno de nosotros para hacernos ver que aún los sufrimientos son un motivo para dar gloria a Dios.

Juan 17:1‑11a: Ha llegado la hora en que Jesús manifestaría la profundidad de su amor al Padre y a cada uno de nosotros. Es la hora de la humillación convertida en hora de glorificación del Padre, del Hijo y de todos los que en adelante creyeran en Él.

Mensaje a la vida

Creo que no hay nada en la vida que nos atraiga tanto como la vida misma. Todos queremos vivir; y, en el fondo, quisiéramos que este vivir fuera eterno. Y porque queremos vivir, instintivamente nos asusta la idea de la muerte; sabemos muy bien que se nos presenta como el obstáculo más grande que tienen que enfrentar nuestras aspiraciones de seguir viviendo para siempre.

No nos ha de extrañar, por tanto, que haya tantas personas que, con la llegada de la muerte, pierdan la batalla más importante de su vida. Podemos entender que así suceda a quienes no comparten nuestra fe cristiana. Sus ideales se desvanecen ante la realidad de una muerte sin un más allá, sin un futuro.

Y nosotros que creemos en Cristo muerto y resucitado ¿qué es lo que perdemos o ganamos con la muerte? ¿Cuál debe ser nuestra actitud frente a esta realidad de la muerte y de la vida? La Palabra de Dios que escuchamos en la Liturgia de la Palabra de este domingo es muy iluminadora.

En vísperas de su muerte, Jesús se dirige al Padre para declarer solemnemente ante sus discípulos: «Padre, ha llegado la hora». Es la hora esperada de su muerte y de su resurrección; la hora en que Jesús habría de mostrar al mundo la profundidad de su amor.

Se trata de una hora aparentemente rodeada de grandes contradicciones. El dolor de la entrega de su vida en la cruz va a estar acompañada de la glorificación del Padre y del Hijo. De esta realidad de entrega gloriosa, habría de surgir la vida; una vida nueva y eterna que Jesús quiere compartir con todos los que crean en Él.

En su oración al Padre, Jesús nos presenta las características de esta vida nueva: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo». La vida que Jesús nos ofrece en el momento solemne de su «hora» se identifica con el conocimiento de Dios nuestro Padre y de su Hijo Jesús.

¿Cómo podemos encontrar vida en este conocimiento de que nos habla Jesús? Digamos, en primer lugar, que no se trata de un conocimiento superficial basado en más o menos cosas que sabemos de Dios o de la vida de Jesucristo. También los no creyentes pueden tener esta clase de conocimiento.

Como cristianos, tenemos que llegar a descubrir en Dios a una persona tan cercana a nosotros como lo puede estar un padre; un padre que quiere darse a conocer a sus hijos para que lleguen a descubrir lo que Él es y lo grande que es el amor que nos tiene.

Así es Dios para nosotros. De Él nos podemos fiar siempre porque nos ama; en Él podemos esperar porque nos perdona y de una manera incondicional; con Él podemos caminar en los momentos alegres y tristes de la vida porque nunca nos abandona. Esta es la imagen de Dios que Cristo nos ha revelado en su Evangelio. En resumen, Dios es un Padre que quiere compartir su vida –la vida eterna– con todos sus hijos e hijas porque les ama.

El conocimiento de Dios Padre tiene una íntima relación con el conocimiento de su «enviado, Jesucristo». Su presencia en el mundo nos habla con gran elocuencia de ese amor incondicional de Dios hacia nosotros. Su vida, su mensaje y, sobre todo, su muerte en la cruz, son la prueba máxima de la sinceridad de su amor.

Cuando conozcamos en profundidad a Jesús, nos estaremos identificando con la vida porque precisamente para esto vino Jesús al mundo: «para que tengan vida y la tengan en abundancia».

En la intimidad del conocimiento de Jesús, podremos experimentar la abundancia y la riqueza de una vida que está por encima de las limitaciones de esta vida terrena, porque se trata de una vida que se proyecta hacia la eternidad.

Al revelarnos Jesús el secreto de la vida verdadera, ruega al Padre por «los suyos» que aún quedarían en este mundo. Y es que no es fácil creer y esperar en la vida cuando somos parte de un mundo cuyos ideales desaparecen con la llegada de la muerte. Así como no es fácil vivir a partir del conocimiento que tenemos de Dios y de Jesucristo en un mundo que no siente necesidad de ellos o simplemente los ignora.

Es, sin duda, un riesgo grande tratar de defender unos valores cristianos frente a un mundo que los ignora o los desprecia. Sabemos que Cristo asumió este riesgo; y sabemos cómo lo pagó: con su muerte en cruz. También nosotros lo tendremos que pagar de alguna manera si queremos ser consecuentes con el compromiso que va a suponer el conocimiento personal y sincero de nuestro Maestro.

San Pedro podía hablar de este compromiso; y de sus consecuencias también. De muchas maneras lo había experimentado en su vida y lo podía ver también en la vida de los cristianos de su tiempo.

Y porque conocía el efecto negativo que podrían tener en los cristianos las consecuencias de su compromiso cristiano, les dirige unas palabras muy consoladoras: «Si les ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos ustedes porque el Espíritu de Dios reposa sobre ustedes». Y les asegura que es ese mismo Espíritu el que nos hace ver a los cristianos que aún los mismos sufrimientos son un motivo para dar gloria a Dios.

La historia de los mártires de la Iglesia nos habla de esa misteriosa glorificación de Dios. Y no por ser misteriosa deja de ser real esta glorificación. Quienes saben sufrir y entregar su vida por los principios del Evangelio, están proclamando a este Dios de la vida que no duda en entregarnos a su propio Hijo para que nosotros alcanzáramos la salvación. Y al mismo tiempo están proclamando la muerte victoriosa de Cristo porque detrás de su cruz se encuentra la resurrección y la vida.

No es fácil la tarea de proclamar la vida a través de ese caminar oscuro hacia la muerte. Tarea poco menos que imposible el intentar convencer al mundo de que los sufrimientos son un camino seguro hacia la vida. Y tenemos que admitir que tampoco es fácil para nosotros mismos llegar a convencernos de esta verdad.

Siempre tendremos la tentación de buscar la vida por otros caminos; los caminos que nos presenta el mundo; aparentemente más atractivos, pero siempre engañosos, porque no nos podrán llevar más allá de la barrera infranqueable de la muerte.

El conocimiento profundo de Dios Padre y de Cristo Jesús nos comunicará esa sabiduría única que nos hará descubrir el verdadero secreto de la vida.

Para reflexionar en grupo

Desde un punto de vista personal y humano, ¿cómo reaccionas ante la realidad de la muerte? ¿La consideras como el enemigo principal de la vida?

¿Crees que el conocimiento que tienes de Dios y de Jesús te hace experimentar lo que es la vida verdadera?

Piensa en alguna persona que ignora los valores que nosotros proclamamos en el Evangelio: ¿Cómo le podrías hablar de la vida nueva que nos ofrece Cristo?