Reflexiones semanales del padre Lajo

Sunday, March 19, 2017
Tercer Domingo de Cuaresma, Ciclo A
Cristo, fuente de agua viva

Exodo 17‑3‑7: El pueblo de Dios, liberado de la esclavitud de Egipto, tiene que pasar por la prueba del desierto. La sed tan terrible que sufren les hace pensar que Dios les ha abandonado. Nada más lejos de la realidad. Dios se les hace presente dando respuesta a su sed.

Romanos 5:1‑2,5‑8: La vivencia de nuestra fe en Cristo nos asegura la paz con Dios. Es la fe que nos infunde la esperanza de alcanzar la gloria que estamos llamados a compartir por ser hijos de Dios. Porque nuestra fe está fundada en Cristo que ha muerto en la cruz para que en Él podamos alcanzar la salvación.

Juan 4:5‑42: A través de un diálogo sincero con Jesús, la mujer samaritana llega a descubrir quién es ella y quién es su interlocutor. De este conocimiento brota en la samaritana un deseo de cambiar su vida, saliendo a compartir con los demás lo que había visto y oído.

Mensaje a la vida

Es evidente la fuerza extraordinaria que encierra el diálogo que de verdad es «sincero». Un diálogo en el que se puede ver no sólo comunicación abierta entre dos o varias personas, sino también mutua disposición para hablar y para escuchar con espíritu abierto y disponible, libre de cualquier clase de prejuicio.

Esta es la clase de comunicación que no puede dejar indiferentes a sus interlocutores. Algo importante va a suceder necesariamente a quienes estén envueltos en este diálogo: se conocerán mejor, descubrirán sus valores, se acercarán más íntimamente el uno al otro… Y es posible que lleguen a cambiar su manera de pensar y de actuar como consecuencia de este diálogo sincero.

Y quizás porque somos conscientes de que todo esto puede pasar, a veces rehusamos este diálogo abierto. Nos resistimos a exponernos a una revisión de nuestros valores, de nuestras reacciones, de nuestro comportamiento… No estamos dispuestos a cambiar nuestra manera de pensar y de actuar… y seguimos caminando solos por la vida o comunicándonos superficialmente con los demás.

Esto que experimentamos a un nivel humano lo podemos constatar también al nivel de nuestra fe. Pensemos con sinceridad: ¿No se debe nuestro distanciamiento o desconocimiento de Dios a nuestra falta de comunicación con Él? Y si no nos comunicamos con Dios, ¿no será porque tenemos un cierto miedo a llegar a descubrir de verdad quién es Él y quiénes somos nosotros delante de Él? ¿O será quizás porque no queremos exponernos a un cambio real en nuestra vida?

Al hablar de diálogo con Dios, tenemos que comenzar afirmandoque no somos necesariamente nosotros los que damos el primer paso para comunicarnos con Dios. Él sale a nuestro encuentro cuando menos lo pensamos, como un día salió Jesús al encuentro de la mujer samaritana. Dios tiene cosas importantes que comunicarnos, pero nunca llegaremos a un diálogo abierto con Dios si nosotros no estamos dispuestos a abrirnos sinceramente a Él.

San Juan nos presenta en este pasaje del Evangelio una serie de descubrimientos muy interesantes que brotan del diálogo entre Jesús y la mujer samaritana. Ella se va dando cuenta de que ese viajero desconocido no sólo es un judío y un profeta, sino el mismo Mesías que el pueblo estaba esperando ansiosamente durante muchos siglos.

Al mismo tiempo va descubriendo quién es ella: una mujer divorciada que tiene sed no tanto del agua del pozo como del agua viva que le estaba ofreciendo Jesús. Descubre también que la adoración verdadera es la que se hace en espíritu y en verdad… Y de estos nuevos conocimientos y descubrimientos admirables, brota el cambio en la mujer: sale a comunicar a los demás todo lo que había visto y oído.

Es necesario que cada uno de nosotros nos preguntemos con sinceridad: ¿Cuántas veces hemos tenido un diálogo abierto con el Señor? Sí, le hemos pedido muchas cosas, nos hemos puesto muchas veces a hacer oración… pero, ¿cuántas veces nos hemos colocado ante Dios en una actitud de escucha?

Porque de esto sí debemos estar bien convencidos: que nunca llegaremos a conocer a Jesús si no le damos la oportunidad de hablarnos; ni llegaríamos a conocerle de verdad si no estuviéramos dispuestos a escuchar todo lo que Él quiere comunicarnos.

A veces podemos pensar que ya conocemos a Jesús, pero es necesario que revisemos ese conocimiento porque es posible que nos hable de ciertas imágenes de Jesús que estén lejos de expresar toda la verdad sobre su vida o su doctrina; imágenes que podremos purificar a través de un diálogo sincero y personal con Jesús. Sólo escuchando a Jesús llegaremos a descubrir de nuevo su persona, su vida, su palabra salvadora.

En el diálogo sincero con Jesús llegaremos a descubrirnos también a nosotros mismos. Y para eso, debemos dejar que Jesús nos hable sobre nosotros, sobre nuestra vida. Debemos dejar que haga un juicio sobre nuestros valores, nuestro comportamiento…que abra caminos nuevos a seguir en la vida…
Es muy posible que lleguemos a descubrir muchas cosas a las que no habíamos puesto atención; y es posible también que Jesús nos abra los ojos a una realidad insospechada, a un futuro nuevo que llene de sentido nuestra vida.

Como la mujer samaritana, también nosotros andamos muchas veces buscando agua…, pero no se acaba de apagar nuestra sed. Tenemos sed de felicidad, de paz, de amor… Y con frecuencia tratamos de apagar esta sed con el agua que nos ofrece el mundo: el agua de lo material, de lo pasajero, del placer inmediato… Y caemos en la cuenta de que no es eso lo que necesitamos porque, en realidad, lo que hace es aumentar nuestra sed.

Cristo nos ayudará a descubrir que es otra la clase de agua que realmente necesitamos; el agua viva que Él nos sigue ofreciendo: su amor, su mensaje salvador, su misma persona. En Él –y sólo en Él– podremos encontrar la respuesta a las aspiraciones más profundas de nuestro corazón.

En el diálogo sincero con Jesús nos daremos cuenta, quizás, de que nuestros valores no son sus valores, que nuestros caminos no son sus caminos… Y de este encuentro personal con Jesús, brotará necesariamente en nosotros una actitud nueva, un deseo de cambiar de comportamiento para que nuestra vida se asemeje a la suya.

No es difícil encontrarse con personas que se mueren de sed; sed de unos valores superiores que llenen el vacío que encuentran en su vida. Son las personas que han tratado de probar de todo y que han quedado desengañadas de todo porque han visto que su vacío se ha hecho aún más profundo.

Necesitan «una samaritana» que les cuente lo que ha experimentado en su encuentro con Jesús. Nos necesitan a cada uno de nosotros; esperan que les abramos el camino que les conduzca a Jesús, el único manantial que puede apagar de verdad su sed.

Sí, es difícil quedarse indiferente después de un diálogo sincero con Jesús. Nuestros descubrimientos nos pueden llevar a un cambio radical de vida; lo cual puede llevar consigo no pocos riesgos. Riesgos, sin embargo, que merece la pena correr porque es en el encuentro con Cristo donde podemos llegar a descubrir el valor y la dignidad de ser sus discípulos.

Para reflexionar en grupo

¿Qué importancia tiene para ti el diálogo sincero con los demás? ¿Son muchas las personas con las que te comunicas en profundidad? ¿Por qué?

Piensa en la comunicación que tienes con Dios, con Jesús. ¿Es para ti tan importante escucharle como hablarle?

Ante los cambios que se realizan en la Samaritana a lo largo de su diálogo con Jesús, ¿qué consecuencias podrías sacar?