Reflexiones semanales del padre Lajo

Sunday, October 28, 2018

Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

«Tu fe te ha salvado»

Jeremías 31:7–9: El profeta anuncia al pueblo desterrado una buena noticia: El Señor ha venido a salvar a su pueblo. El resto de Israel –los fieles de Dios– se podrán de nuevo en camino hacia su país con gran alegría porque el Señor estará caminando siempre a su lado.

Hebreos 5:1–6: El sacerdocio del Nuevo Testamento es diferente al sacerdocio del Antiguo Testamento porque está fundado en Cristo, nuestro Sumo Sacerdote. El sacerdote es el mediador entre Dios y su pueblo, como lo fue Cristo, nuestro gran mediador.

Marcos 14:46–52: Un hombre ciego sale al encuentro de Jesús pidiéndole a gritos su curación. Reconociendo la fe tan grande que se escondía detras de aquellos gritos, Jesús invita al hombre a acercarse y le libera de su ceguera. El ciego curado toma la decisión de seguir a Jesús.

Mensaje a la vida

Una de las experiencias más desagradables –y deprimentes– que podemos tener en la vida es llegar a sentirnos como objetos que usan los demás a su gusto o como simples máquinas de trabajo… Porque en el fondo lo que todos deseamos –y lo que quisiéramos experimentar cada día– es sentir que somos personas que los demás toman en cuenta; y que lo hacen principalmente por lo que somos y no por lo que tenemos o por las habilidades y talentos con que hemos sido agraciados.

De alguna manera cada uno de nosotros podría hablar de esa especie de despersonalización que ha experimentado alguna vez en su vida, ya sea en el trabajo, en su comunidad y quizás hasta en la misma familia.

Al sentirnos rechazados o ignorados por los demás, es normal que surja en nosotros la reacción y tentación de encerrarnos en nosotros mismos tratando de defendernos de los demás; tentación que nos invitara a cultivar el individualismo que necesariamente nos alejará de los demás en una actitud de precaución o desconfianza. Una reacción muy humana y que trataremos de justificar desde ese derecho que todos tenemos a ser respetados y ser tenidos en cuenta por los demás como personas.

¿Podremos justificar también esta actitud desde nuestra fe cristiana? ¿Qué lugar ocupan en la práctica de nuestra religión cristiana nuestras relaciones personales con Dios y con los demás? 

La Palabra de Dios que escuchamos este domingo nos habla de relaciones personales; relaciones que serán basicás en la realización de los planes salvadores de Dios. El profeta Jeremías invita a su pueblo a alegrarse porque el Señor ha intervenido personalmente para salvarle.

Dios ha tomado la iniciativa de sacar a su pueblo de la esclavitud porque su deseo es que vivan en libertad. El pueblo tendría que poner algo de su parte: emprender el camino hacia su patria para gozar de nuevo de la libertad perdida. 

Es interesante la manera de actuar de Dios. No es la clase de señor que da órdenes esperando que el pueblo las acepte sin más, de una manera ciega. Por medio del profeta, Dios se acerca a su pueblo y le comunica personalmente sus planes salvadores. Esta cercanía de Dios le da confianza al pueblo para ponerse en marcha porque sabe que Dios no solamente habla sino que acompaña, poniéndose a su lado en su caminar.

El relato de la curación del ciego que nos presenta san Marcos en su Evangelio nos habla también de cercanía y de relación personal. La distancia entre Jesús que pasa y el ciego que grita queda rota cuando Jesús llama a aquel hombre y le pide que se acerque a Él. Ahí comienza un diálogo personal entre los dos, un diálogo cargado de confianza, de esperanza, de vida: Jesús le devuelve su vista. «Vete –le dice Jesús– tu fe te ha salvado». Y el hombre curado comenzó a seguirle por el camino.

Es en la cercanía de dos personas –Jesús y el ciego– donde se obra el milagro; un milagro que sería signo de algo maravilloso: la fuerza salvadora de Jesús y la fe profunda de aquel hombre ciego. Este hombre no cree porque Jesús le hace el milagro; se hace el milagro porque aquel hombre tiene fe profunda en el poder salvador de Jesús.

La imagen de un Dios juez, un Dios policía, un Dios castigador… ha ido reforzando en nosotros la idea de un Dios lejano a nuestras vidas. No son pocas las personas que dicen: «Dios me ha abandonado… Dios ya no se acuerda de mí… Dios no me escucha…», cuando las cosas no les salen bien. Sin embargo, y a pesar de esa impresión de lejanía que podamos tener en ciertos momentos de nuestra vida, debemos convencernos de que Dios sigue prestándonos atención –y de una manera personal– porque sigue comprometido a darnos a cada uno de nosotros su salvación.

Como le rogó al hombre ciego, Jesús hoy nos pide que nos acerquemos a Él y le expongamos abiertamente nuestras necesidades; y nos pide que tengamos fe en su poder salvador. De ese contacto personal con Jesús brotara el milagro que necesitemos en ese momento concreto de nuestra vida. Y nacerá en nosotros el deseo sincero de quedarnos con Jesús y seguirle, como lo hizo el hombre que recuperó la vista.

El poder salvador de Jesús no se va a manifestar necesariamente a través de milagros espectaculares. Desde la fe creemos que el poder liberador de Jesús es capaz de hacer desaparecer cualquier clase de esclavitud. Lo único que necesitamos hacer es reconocer la presencia de ese poder salvador y dejar que trabaje en nosotros.

Sabemos por experiencia que son muchas las cosas que nos esclavizan; y son muchas las personas también. Es la base de lo que llamamos pecado, desorden, debilidad humana… Porque todo pecado es esclavitud; así como toda esclavitud es pecado.

Cuantos creemos en Jesús tenemos como tarea hacer presente en el mundo el poder salvador de Dios. A veces lo tendremos que hacer con la denuncia de toda clase de esclavitud que estemos padeciendo nosotros y cuantos nos rodean. Otras veces lo tendremos que hacer exaltando la libertad y la salvación, presentes ya en nuestro mundo. Porque es en esa libertad, en esa salvación y en todo lo que hay de positivo en el mundo donde podemos ver realizados los planes salvadores de Dios. Y siempre con un gran respeto a las personas, como lo hizo Jesús.

Una de las muchas responsabilidades que tenemos hoy los cristianos es tratar de humanizar nuestro mundo devolviendo a cada persona su dignidad. No podemos permitir que la máquina materialista de nuestra sociedad aplaste los derechos que nos corresponden como personas y como cristianos. La razón es sencilla: Dios nos quiere libres de toda clase de esclavitud; porque es desde nuestra condición de personas libes como podremos llegar a experimentar lo que es la verdadera salvación de Dios. 

Al lado de la despersonalización que tenemos que sufrir muchos de nosotros, podemos ver un afán desmedido de poseer, de ganar; afán que anda siempre en busca de «máquinas de producción» sin que le importe para nada la dignidad de la persona. Y somos nosotros quienes debemos proclamar otros valores, humanos y cristianos, que estén por encima de esas aspiraciones materialistas que nos empequeñecen y esclavizan. Son los valores del Evangelio que darán sentido, y para siempre, a nuestra fe y a nuestra vida.

Y será asícomo los cristianos podremos ser hoy en el mundo un signo liberador de Dios que sigue acercándose a todos y a cada uno de nosotros para ofrecernos su salvación. 

Para reflexionar en grupo

¿Crees que en nuestra sociedad actual se nos reconocen los derechos que tenemos como personas y como cristianos? ¿Cómo se muestra?

¿Cuál es la manera de actuar de Dios cuando quiere mostrar a las personas su poder salvador?

¿Qué podrías hacer hoy en el trabajo, en el hogar, en la comunidad, para hacer presente en el mundo el poder liberador de Dios?